lunes, 6 de noviembre de 2017

Amistad

"Es difícil hacer a un hombre miserable mientras sienta que es digno de si mismo".
A. Lincoln


El viaje a la introspección que iniciara hace tiempo ya no admite demasiadas desidias. Es absorbente y conservador y me ocupa todas las horas del día. Es decir, hago más cosas pero todas pasan por el filtro de mi estulticia.  Es por ello (entre otras muchas razones) por lo que no cedo un metro en mi afán por encerrarme en mi propia conducta y ni salgo, ni quedo, ni acudo a llamada alguna... salvo a la de los amigos.

Mariano Fisac es, por definición, un buen tipo. Ya lo he dicho y no me repetiré, pero está bien que vosotros, simples mortales, sepáis que tenéis a un individuo especial entre vosotros. Carlos Leira es, además de buena persona, un tipo con suerte. Tiene casi todo lo que cualquiera podríamos desear; una familia estupenda, un gran trabajo y una estupenda personalidad. Su trabajo le ha costado, no lo dudéis. Otro grandísimo fulado al que describir como mi amigo.
Es por ellos por lo que abandoné mi estabulamiento ideal en la aldea del fin del mundo para acudir a la cita anual en Segovia que solemos disfrazar de sesudo ranking para decidir que vinos de los que se apuntan a participar y cuestan menos de 10€ son los mejores. El Ranking de Mariano, para entendernos.


Pero ocurre, y esto no lo he entendido hasta esta edición, que existe un componente, un intangible, que lo rodea todo y lo hace vibrar, de un modo inesperado y excitante. Ocurre que, sin yo saberlo ni entenderlo, en Segovia se me quiere. Y no solo a  mi, que ya sería rareza digna de estudio. No. Se nos quiere, en plural. Gente a la que no conozco salvo por el vino y sus historias, gente de la que nada se y que piensa, cree y siente de modo distinto (obviamente) que yo... me respeta, me quiere y me da su aprecio y amistad.
Y para mi (palabra) esto es todo un enigma.

De lo vivido, bebido y tratado entre el Viernes 3 de Noviembre y el Domingo 6 se ha escrito e ilustrado someramente en redes sociales y esta parrafada quiere ser solo otro homenaje a los hitos principales de estos días; la cena del viernes, espectacular, y su acompañamiento liquido, a base de champagne y de la mano de uno de los, probablemente, 5 tipos que más sabe de la Champagna y el champagne en España, Alvaro Moreno. Tipo listo, capaz de sentir pasión por algo y, al tiempo, hacérnosla sentir a los demás. Es difícil que un champagne de los que este hombre y sus secuaces (Goyo, Nacho, Manuel,.... grandes) te ofrece esté mal, pero igual de complejo es elegir uno como el mejor. A mi el Ambonnay me puso pálido, pero gustó muchísimo el Textures de Vouette&Sorbee (las fotos son de Lorena Costa...yo no tengo paciencia para esas cosas ya).

Pero al viernes siguió el sábado, la cata en si misma, las torrijas matinales con el gran Ramiro de "parteneire" (que bien nos iría a todos teniendo tan claro esto de vivir como lo tiene Ramiro) para desayunar y una comida rayando en lo vicioso, donde probamos en forma de vino lo innumerable de una amistad tan grande y tan abierta como la nuestra, que no entiende de mucho más que de comer, beber y vivir, algo tan serio como cualquiera de las otras muchas cosas que si llenan horas de telediarios y páginas de prensa "seria". Para serio el Ancestral de Crusat.... "amos" hombre.




En fin, que deberíamos empezar a hablar de nacionalizar "A la Volé" o, en su caso, a Alvaro y compañía, sobre todo por la propiedades terapéuticas y sanadoras de 2 días en Segovia acompañado de los amigos, la comida, la bebida y del Ranking de vinos por menos de 10€.

Gracias por tanto y tan bueno.






lunes, 2 de octubre de 2017

Elegía de un instante concreto

Cuando nací mi padre no estaba. Cuando nació mi hermana, si.

Esta concatenación de hechos inservibles que a nadie importan son en mi vida un escollo insalvable y desestabilizánte. Lo son porque no entiendo, desde mi absoluta ignorancia, como es posible que alguien pueda perderse un momento como ese. Cuando nació mi hijo yo si estaba. Y no creo que hubiese muchas cosas que me hubiesen impedido estar en ese instante y ver la expresión de total desconsuelo y frustración de mi hijo al nacer; "Para esto me habéis sacado?...para morar con los demás en este lugar frío, incomodo e insoportable?.... ¿Por qué!?".
No me lo habría perdido por nada del mundo.

Claro que mi padre tiene excusa. La misma que el resto de su generación, heredera directa de una sinrazón llamada dictadura franquista, que defendía como notable que un padre debía ignorar por encima de todo de cualquier rudimento relacionado con la procreación salvo "hacer hijos". Y en esa tesitura, hacerse cargo de ellos; de su manutención, su educación y poco más. Lo de los sentimientos lo dejamos mejor para gente más preparada, ya sabéis, actores, psicólogos y gentes de esas de hablar mucho y decir poco. Mi padre y gran parte de su generación vinieron a este mundo a sufrir, a trabajar y a quejarse poco o nada. Así es el, al menos.

El día que nací mi padre estaba a unos cientos de kilometros levantando pilares de autopista. Para cuando llegó, días después, ya estaba todo el pescado vendido. En cambio, cuando nació mi hermana vino a recogerme al colegio. Era un martes por la tarde, "Nació tu hermana. Ven a conocerla". Tenía siete años. Mi madre cuenta que a mi padre se le escapó una lagrimilla al saber del nacimiento de su niña. Lógico.

Desde ese momento e incluso antes, la relación entre mi padre y yo ha sido más bien escasa. Somos extremadamente parecidos en bastantes cosas: tercos, viscerales, enérgicos y poco amigos de dar nuestro brazo a torcer. El es infinitamente más listo que yo, un tipo hábil, leal, muy profesional y duro. De trato directo, pero amable. Yo (no seré quien me describa) soy, según me cuentan, más cercano y abierto. Se escuchar pero más bien hablo por los codos. Soy honesto y trato de no ser aborrecible y... a veces lo consigo. Pero nunca, jamas, seré ni una pizca de lo fuerte que mi padre ha sido. Nunca tendré su coraje y su valentía y, por supuesto, tampoco su disciplina. Pero claro... tampoco seré tan inflexible, tan seco y tan arisco en el trato cercano como lo es el. Y no tengo demasiados problemas en mostrarle mi amor a mi hijo, como el si tuvo y tendrá, porque se lo marcaron a fuego. A toda su generación. Los sentimientos en público son cosa de "maricones" y "nenazas". Y punto. Ni besos ni lágrimas.

Sin embargo, una vez... tendría unos 10 años y lo recuerdo como si fuera hoy. A mi padre le gusta pescar, con caña o en lancha, da igual. Con 10 años me compró una caña para mi medida. Era roja, extensible y con su carrete a medida. De vez en cuando salíamos a pescar y una tarde fuimos al río Castro en Lires (Cee), en la desembocadura de este río que forma un pequeñísimo estuario, a un lado de la playa de Nemiña y separando los términos municipales de Muxía y Cee.


En aquel tiempo, hace más de 30 años, en el río se daban con profusión peces de desembocadura. Así a la trucha arcoriris (presente por la existencia de una piscifactoría cercana) se unen los robalos, los "muxos" (mujol, en castellano) y alguna anguila. Ahí pescamos durante años y aquella tarde fue allí, en un recodo del río, justo antes de que se una con el mar, donde plantamos la caña.
Esta actividad tenía una parafernalia. Había que ir a por "miñoca", lombrices de tierra sacadas de nuestro terreno que usábamos aún vivas. Había que cebar el anzuelo y lanzarlo al río y esperar.
Y, aunque lo de esperar nunca ha sido mi fuerte, recuerdo que aquella tarde esperé. Y mientras esperaba vi a aquel hombre, que por aquel entonces tendría unos 32 años, y pensé: ..."este es mi padre". Y no creo que lo hubiese pensado hasta entonces porque para mi aquel hombre era solo un hombre. El hombre de las broncas, el de la severidad, el que me gritaba y amenazaba cuando no me portaba como el consideraba que debía portarme. El hombre hosco y rudo totalmente aplastado por la vida que le había tocado a alguien que, menos que nadie, debió nunca tener una obligación familiar. Un hombre de mar encallado en tierra, un artista con las manos, con una visión para la belleza estética, particularmente la pintura, digna de mención. Ese hombre condenado a jornadas interminables en una fabrica, trabajando como electricista y soldador cuando lo suyo siempre fue la madera.

Puerta de su garaje, pintada por el.
Ese hombre tan exigente consigo mismo y con los demás, de trato tan difícil para los suyos en ocasiones, ese, por un breve instante a la orilla de un río gallego lleno de peces y libertad, ese.... era mi padre. Lo era y lo es, porque este texto es la elegía de ese instante, no la de mi padre que sigue dando voces y discutiendo. Es el recuerdo amable de una tarde sin violencia verbal, sin reproches y sin ansiedad. Una tarde tan excepcional como para que la recuerde más de 30 años después. Ojalá yo tenga algún día una tarde como esa con mi hijo, con o sin río, con o sin cañas de pescar.

Más de 30 años después ignoro la razón para que me sienta así (bueno, no la ignoro, pero querría ignorarla) y me siento cada vez más inútil. Soy amante esposo y padre devoto y, aún así, no siento que esté ni a kilómetros de la talla personal de mi padre. Siento una profunda frustración y desvarío como hoy, pero no creo, honestamente, que tenga mucho sentido nada de todo lo que hacemos, lo que yo hago, para mantenerme a flote como persona y como individuo que lucha por continuar....y nada más. Me come la ansiedad y la amargura y, quizá por ello, a falta de siete días para mi 43 cumpleaños, sigo ignorando a que carajo vine yo aquí. Nada me llena, nada me reconforta y sin embargo sigo, avanzo, aunque no sepa ni a donde ni porqué.

Ojalá vea pronto la orilla del río para desplegar mi cañita de color rojo y tratar de pescar una trucha o algo así. Sería una hermosa manera de pasar la tarde.

viernes, 14 de julio de 2017

Adiós a las armas

Hemingway era un soberano hijo de perra. Misógino, alcohólico, violento... la cantidad de calificativos gruesos y descarnados que le dedican biógrafos y estudiosos es enorme. Un tipo que odió a fondo y que terminó odiándose a si mismo al extremo de pegarse un tiro.
Pero antes de todo eso, antes de ser un icono de tantas cosas, escribió. Escribió mucho y a veces muy bien.

Este año no he ido a "A Emoción dos Viños". Hay múltiples razones para ello, todas enormemente razonables y prosaicas (trabajo, tiempo, distancia...) y luego hay algunas que llevo días pensando si explicar o no. Y al final ha salido que si.

No fui a Celanova porque no quise. Hace ya mucho que el vino no me "emociona" y, de un tiempo a esta parte, la gente del vino tampoco. Hablo de la emoción solida del reencuentro anual, de las sonrisas educadas y la charla intrascendente. Hablo de querer ir a un sitio porque te sientes bien allí. Y ya no. Tal vez fui yo o tal vez la enorme educación de muchas personas con las que me cruce en el camino, pero lo cierto es que nunca he sido nadie especial en todo este batiburrillo de caras, abrazos y, porqué no decirlo, hipocresía comercial. Porque a A Emoción se va a vender, no lo olvidemos. Algunos, de hecho, llevan mucho vendiendo una realidad que no es y una filosofía que no aplican... pero ese será motivo de otro discurso y no de este.

El vino no me emociona como para conducir mas de dos horas a un lugar que, por desgracia, ya no me aportará mucho más que unas pocas sonrisas forzadas y mucha incertidumbre. Y aún así, me da pena. ¿Sabéis por quien lo siento de verdad?... por Marina. Marina Cruces es un espíritu puro, una persona como no creo que haya más de una docena en el mundo. A ella si me apetecía verla pero el resto de razones prosaicas y razonables me lo impidieron. Ojalá tenga posibilidad de darle un abrazo real en el futuro, más allá de los ejercicios de apariencias de muchos.

Mi ausencia de emoción por el vino y sus autores llega a la par que mi abandono de ciertas substancias y sospecho que ambas cosas tienen alguna relación. Porque siento que ya no soy la misma persona, en gran parte, que ensalzaba sin miramientos a las personas que elaboraban vinos de ensueño y que afirmaba (por escrito) que "es muy difícil hacer un buen vino sin ser buena persona".
Pues mira, no. Estaba equivocado. Es posible, ignoro si fácil o difícil, pero hay hoy entre nosotros malas personas, en el sentido estricto del insolidario, del que solo se mira su ombligo y del que cree ser poseedor de todas las cualidades que niega a los demás, haciendo vinos que pasan por buenos vinos, merecedores de estar en A Emoción.

Noooo, ni se me va a ocurrir decir cuales. Ya no es asunto mío, y me alegro. Pero ocurre, os lo aseguro, y no me apetecía ni lo más mínimo llegar a un lugar tan lejano para mi vida diaria como Celanova y encontrarme con tal o cual vino y volver a oír que si los sulfitos son veneno o que si la selección es la clave o que las variedades autóctonas son lo más. Y oírselo a personas que, después, lejos del foco y en privado, actúan como si todo esto no fuese con ellos y bien atentos a la cuenta de resultados. Porque "hay que comer", dicen, como si los que exponen hacienda y salud lo hiciesen becados por el estado y sin tener que preocuparse por llegar a fin de mes. De este tipo en Celanova este año hubo varios y no tengo cuerpo para hacer el pariré.

La otra buena razón para no ir partía de un experimento personal. Tenía un buen amigo, Jorge, que murió por un cancer de páncreas hará unos cinco años, que en 2011 puso en marcha un ejercicio realmente patético pero sin duda ocurrente. Anualmente teníamos una reunión de llamémosle "ex amigos de copas". Somos unos 12, de diferentes edades, unidos por noches etílicas y un enorme almacén de anécdotas, algunas cuasi delictivas, pero todas muy divertidas. Nos reunimos, cenamos, tomamos unas copas más o menos civilizadas y andando. Y año tras año no solía fallar nadie, hasta 2011 en que Jorge no vino. Al trabajar fuera y estar soltero nadie preguntó demasiado y tras la cena nadie se interesó por saber nada más de el. Pero unos seis meses después, ya en verano, me lo encontré. Nos cruzamos en A Coruña y lo saludé y el me correspondió. Y al preguntarle por su ausencia me dijo; "Vaya, eres el primero que me pregunta. He cruzado mensajes por múltiples cuestiones con algunos otros y absolutamente nadie me dijo nada ni me preguntó ni una sola vez porqué no había ido. Veras, es que ese sábado ingresé por una insuficiencia renal. En las semanas siguientes me detectaron varios nódulos y masas por todo el cuerpo, en los riñones sobre todo y desde entonces me han operado ya dos veces y he recibido quimioterapia otra. No fui porque no podía pero, seis meses después, eres el primero que me preguntan porqué. Gracias"

No volví a verlo, murió un año después. Lo peor de que no vayas es que no se note tu ausencia. ¿Lo peor?...no. Quizá es lo mejor. Que nadie te diga absolutamente nada sobre porqué no estuviste en un lugar al que estabas profundamente vinculado hace menos de un año dice bastante a las claras porqué muchos/as sonreían a tu paso o porqué determinado trato y proximidad. No hablo de los que si me preguntaron antes, porque esos no entran ni entraran en la misma categoría que aquellos/as que, como a mi amigo, no han tenido tiempo ni de preguntarse porqué el pesado aquel que tanto escribía y que ahora calla no se ha molestado en acudir a la edición de A Emoción que mayor repercusión mediática ha tenido nunca.
Pues que sepáis que ya no me emociona. Como en "Adiós a las armas", la guerra, sus obligaciones y equilibrios ya no me importan porque he descubierto que hay cosas mucho más importantes para mi.

Es la vida y el paso del tiempo. "El agua moja, el cielo es azul y el viejo demonio Jimmy anda suelto por ahí... y se hace cada día mas fuerte. Por eso debemos estar atentos hijo, por eso". Hay pocas cosas que no se expliquen en "El último Boy Scout" y esta no es una de ellas. Nos vemos.




* Foto de A Emoción 2017 sacada del perfil de Jorge Diez en Facebook.