lunes, 2 de octubre de 2017

Elegía de un instante concreto

Cuando nací mi padre no estaba. Cuando nació mi hermana, si.

Esta concatenación de hechos inservibles que a nadie importan son en mi vida un escollo insalvable y desestabilizánte. Lo son porque no entiendo, desde mi absoluta ignorancia, como es posible que alguien pueda perderse un momento como ese. Cuando nació mi hijo yo si estaba. Y no creo que hubiese muchas cosas que me hubiesen impedido estar en ese instante y ver la expresión de total desconsuelo y frustración de mi hijo al nacer; "Para esto me habéis sacado?...para morar con los demás en este lugar frío, incomodo e insoportable?.... ¿Por qué!?".
No me lo habría perdido por nada del mundo.

Claro que mi padre tiene excusa. La misma que el resto de su generación, heredera directa de una sinrazón llamada dictadura franquista, que defendía como notable que un padre debía ignorar por encima de todo de cualquier rudimento relacionado con la procreación salvo "hacer hijos". Y en esa tesitura, hacerse cargo de ellos; de su manutención, su educación y poco más. Lo de los sentimientos lo dejamos mejor para gente más preparada, ya sabéis, actores, psicólogos y gentes de esas de hablar mucho y decir poco. Mi padre y gran parte de su generación vinieron a este mundo a sufrir, a trabajar y a quejarse poco o nada. Así es el, al menos.

El día que nací mi padre estaba a unos cientos de kilometros levantando pilares de autopista. Para cuando llegó, días después, ya estaba todo el pescado vendido. En cambio, cuando nació mi hermana vino a recogerme al colegio. Era un martes por la tarde, "Nació tu hermana. Ven a conocerla". Tenía siete años. Mi madre cuenta que a mi padre se le escapó una lagrimilla al saber del nacimiento de su niña. Lógico.

Desde ese momento e incluso antes, la relación entre mi padre y yo ha sido más bien escasa. Somos extremadamente parecidos en bastantes cosas: tercos, viscerales, enérgicos y poco amigos de dar nuestro brazo a torcer. El es infinitamente más listo que yo, un tipo hábil, leal, muy profesional y duro. De trato directo, pero amable. Yo (no seré quien me describa) soy, según me cuentan, más cercano y abierto. Se escuchar pero más bien hablo por los codos. Soy honesto y trato de no ser aborrecible y... a veces lo consigo. Pero nunca, jamas, seré ni una pizca de lo fuerte que mi padre ha sido. Nunca tendré su coraje y su valentía y, por supuesto, tampoco su disciplina. Pero claro... tampoco seré tan inflexible, tan seco y tan arisco en el trato cercano como lo es el. Y no tengo demasiados problemas en mostrarle mi amor a mi hijo, como el si tuvo y tendrá, porque se lo marcaron a fuego. A toda su generación. Los sentimientos en público son cosa de "maricones" y "nenazas". Y punto. Ni besos ni lágrimas.

Sin embargo, una vez... tendría unos 10 años y lo recuerdo como si fuera hoy. A mi padre le gusta pescar, con caña o en lancha, da igual. Con 10 años me compró una caña para mi medida. Era roja, extensible y con su carrete a medida. De vez en cuando salíamos a pescar y una tarde fuimos al río Castro en Lires (Cee), en la desembocadura de este río que forma un pequeñísimo estuario, a un lado de la playa de Nemiña y separando los términos municipales de Muxía y Cee.


En aquel tiempo, hace más de 30 años, en el río se daban con profusión peces de desembocadura. Así a la trucha arcoriris (presente por la existencia de una piscifactoría cercana) se unen los robalos, los "muxos" (mujol, en castellano) y alguna anguila. Ahí pescamos durante años y aquella tarde fue allí, en un recodo del río, justo antes de que se una con el mar, donde plantamos la caña.
Esta actividad tenía una parafernalia. Había que ir a por "miñoca", lombrices de tierra sacadas de nuestro terreno que usábamos aún vivas. Había que cebar el anzuelo y lanzarlo al río y esperar.
Y, aunque lo de esperar nunca ha sido mi fuerte, recuerdo que aquella tarde esperé. Y mientras esperaba vi a aquel hombre, que por aquel entonces tendría unos 32 años, y pensé: ..."este es mi padre". Y no creo que lo hubiese pensado hasta entonces porque para mi aquel hombre era solo un hombre. El hombre de las broncas, el de la severidad, el que me gritaba y amenazaba cuando no me portaba como el consideraba que debía portarme. El hombre hosco y rudo totalmente aplastado por la vida que le había tocado a alguien que, menos que nadie, debió nunca tener una obligación familiar. Un hombre de mar encallado en tierra, un artista con las manos, con una visión para la belleza estética, particularmente la pintura, digna de mención. Ese hombre condenado a jornadas interminables en una fabrica, trabajando como electricista y soldador cuando lo suyo siempre fue la madera.

Puerta de su garaje, pintada por el.
Ese hombre tan exigente consigo mismo y con los demás, de trato tan difícil para los suyos en ocasiones, ese, por un breve instante a la orilla de un río gallego lleno de peces y libertad, ese.... era mi padre. Lo era y lo es, porque este texto es la elegía de ese instante, no la de mi padre que sigue dando voces y discutiendo. Es el recuerdo amable de una tarde sin violencia verbal, sin reproches y sin ansiedad. Una tarde tan excepcional como para que la recuerde más de 30 años después. Ojalá yo tenga algún día una tarde como esa con mi hijo, con o sin río, con o sin cañas de pescar.

Más de 30 años después ignoro la razón para que me sienta así (bueno, no la ignoro, pero querría ignorarla) y me siento cada vez más inútil. Soy amante esposo y padre devoto y, aún así, no siento que esté ni a kilómetros de la talla personal de mi padre. Siento una profunda frustración y desvarío como hoy, pero no creo, honestamente, que tenga mucho sentido nada de todo lo que hacemos, lo que yo hago, para mantenerme a flote como persona y como individuo que lucha por continuar....y nada más. Me come la ansiedad y la amargura y, quizá por ello, a falta de siete días para mi 43 cumpleaños, sigo ignorando a que carajo vine yo aquí. Nada me llena, nada me reconforta y sin embargo sigo, avanzo, aunque no sepa ni a donde ni porqué.

Ojalá vea pronto la orilla del río para desplegar mi cañita de color rojo y tratar de pescar una trucha o algo así. Sería una hermosa manera de pasar la tarde.

viernes, 14 de julio de 2017

Adiós a las armas

Hemingway era un soberano hijo de perra. Misógino, alcohólico, violento... la cantidad de calificativos gruesos y descarnados que le dedican biógrafos y estudiosos es enorme. Un tipo que odió a fondo y que terminó odiándose a si mismo al extremo de pegarse un tiro.
Pero antes de todo eso, antes de ser un icono de tantas cosas, escribió. Escribió mucho y a veces muy bien.

Este año no he ido a "A Emoción dos Viños". Hay múltiples razones para ello, todas enormemente razonables y prosaicas (trabajo, tiempo, distancia...) y luego hay algunas que llevo días pensando si explicar o no. Y al final ha salido que si.

No fui a Celanova porque no quise. Hace ya mucho que el vino no me "emociona" y, de un tiempo a esta parte, la gente del vino tampoco. Hablo de la emoción solida del reencuentro anual, de las sonrisas educadas y la charla intrascendente. Hablo de querer ir a un sitio porque te sientes bien allí. Y ya no. Tal vez fui yo o tal vez la enorme educación de muchas personas con las que me cruce en el camino, pero lo cierto es que nunca he sido nadie especial en todo este batiburrillo de caras, abrazos y, porqué no decirlo, hipocresía comercial. Porque a A Emoción se va a vender, no lo olvidemos. Algunos, de hecho, llevan mucho vendiendo una realidad que no es y una filosofía que no aplican... pero ese será motivo de otro discurso y no de este.

El vino no me emociona como para conducir mas de dos horas a un lugar que, por desgracia, ya no me aportará mucho más que unas pocas sonrisas forzadas y mucha incertidumbre. Y aún así, me da pena. ¿Sabéis por quien lo siento de verdad?... por Marina. Marina Cruces es un espíritu puro, una persona como no creo que haya más de una docena en el mundo. A ella si me apetecía verla pero el resto de razones prosaicas y razonables me lo impidieron. Ojalá tenga posibilidad de darle un abrazo real en el futuro, más allá de los ejercicios de apariencias de muchos.

Mi ausencia de emoción por el vino y sus autores llega a la par que mi abandono de ciertas substancias y sospecho que ambas cosas tienen alguna relación. Porque siento que ya no soy la misma persona, en gran parte, que ensalzaba sin miramientos a las personas que elaboraban vinos de ensueño y que afirmaba (por escrito) que "es muy difícil hacer un buen vino sin ser buena persona".
Pues mira, no. Estaba equivocado. Es posible, ignoro si fácil o difícil, pero hay hoy entre nosotros malas personas, en el sentido estricto del insolidario, del que solo se mira su ombligo y del que cree ser poseedor de todas las cualidades que niega a los demás, haciendo vinos que pasan por buenos vinos, merecedores de estar en A Emoción.

Noooo, ni se me va a ocurrir decir cuales. Ya no es asunto mío, y me alegro. Pero ocurre, os lo aseguro, y no me apetecía ni lo más mínimo llegar a un lugar tan lejano para mi vida diaria como Celanova y encontrarme con tal o cual vino y volver a oír que si los sulfitos son veneno o que si la selección es la clave o que las variedades autóctonas son lo más. Y oírselo a personas que, después, lejos del foco y en privado, actúan como si todo esto no fuese con ellos y bien atentos a la cuenta de resultados. Porque "hay que comer", dicen, como si los que exponen hacienda y salud lo hiciesen becados por el estado y sin tener que preocuparse por llegar a fin de mes. De este tipo en Celanova este año hubo varios y no tengo cuerpo para hacer el pariré.

La otra buena razón para no ir partía de un experimento personal. Tenía un buen amigo, Jorge, que murió por un cancer de páncreas hará unos cinco años, que en 2011 puso en marcha un ejercicio realmente patético pero sin duda ocurrente. Anualmente teníamos una reunión de llamémosle "ex amigos de copas". Somos unos 12, de diferentes edades, unidos por noches etílicas y un enorme almacén de anécdotas, algunas cuasi delictivas, pero todas muy divertidas. Nos reunimos, cenamos, tomamos unas copas más o menos civilizadas y andando. Y año tras año no solía fallar nadie, hasta 2011 en que Jorge no vino. Al trabajar fuera y estar soltero nadie preguntó demasiado y tras la cena nadie se interesó por saber nada más de el. Pero unos seis meses después, ya en verano, me lo encontré. Nos cruzamos en A Coruña y lo saludé y el me correspondió. Y al preguntarle por su ausencia me dijo; "Vaya, eres el primero que me pregunta. He cruzado mensajes por múltiples cuestiones con algunos otros y absolutamente nadie me dijo nada ni me preguntó ni una sola vez porqué no había ido. Veras, es que ese sábado ingresé por una insuficiencia renal. En las semanas siguientes me detectaron varios nódulos y masas por todo el cuerpo, en los riñones sobre todo y desde entonces me han operado ya dos veces y he recibido quimioterapia otra. No fui porque no podía pero, seis meses después, eres el primero que me preguntan porqué. Gracias"

No volví a verlo, murió un año después. Lo peor de que no vayas es que no se note tu ausencia. ¿Lo peor?...no. Quizá es lo mejor. Que nadie te diga absolutamente nada sobre porqué no estuviste en un lugar al que estabas profundamente vinculado hace menos de un año dice bastante a las claras porqué muchos/as sonreían a tu paso o porqué determinado trato y proximidad. No hablo de los que si me preguntaron antes, porque esos no entran ni entraran en la misma categoría que aquellos/as que, como a mi amigo, no han tenido tiempo ni de preguntarse porqué el pesado aquel que tanto escribía y que ahora calla no se ha molestado en acudir a la edición de A Emoción que mayor repercusión mediática ha tenido nunca.
Pues que sepáis que ya no me emociona. Como en "Adiós a las armas", la guerra, sus obligaciones y equilibrios ya no me importan porque he descubierto que hay cosas mucho más importantes para mi.

Es la vida y el paso del tiempo. "El agua moja, el cielo es azul y el viejo demonio Jimmy anda suelto por ahí... y se hace cada día mas fuerte. Por eso debemos estar atentos hijo, por eso". Hay pocas cosas que no se expliquen en "El último Boy Scout" y esta no es una de ellas. Nos vemos.




* Foto de A Emoción 2017 sacada del perfil de Jorge Diez en Facebook.

domingo, 14 de mayo de 2017

Un don extraordinario

No sé si habéis visto "La la Land". Yo si la he visto. Es extraordinaria.

Entiendo que hay un sin número de elementos avocados a la lectura de esta infraescritura a la que me acojo en ocasiones que creen, a pies juntillas, que la tal película no es más que una ñoñería sin sustancia, otro ejercicio del Hollywood más lamentable, pastelero, llorón y vergonzoso. Un musical, por resumir.
Y los entiendo.

Existen, a ciencia cierta, dos tipos claros de seres humanos. Están los que se conmueven y los que no. Los que lloran y los que no. Los que están dispuestos a sufrir por hechos inciertos y nada prácticos, y los que no. Están quienes entienden "La La Land", "Arrival" o "The Martian" y los que no. La esencia oculta de las cosas está...eso, oculta. Y solo cierto tipo de espíritu emite en la misma onda que ciertas películas, series o libros. O música.
Están quienes se conmueven con esto....y los que no.

Este sábado ha sucedido un hecho noticiable, hablando de música. Resulta que, tras décadas de travesía del desierto, por primera vez Eurovisión lo ha ganado una canción. No un ejercicio de fuegos artificiales, una "performance" u otra casta de ejercicio visual para telespectadores con deficit de atención, no. Ha ganado una canción interpretada por un cantante. Sin más. Esta.
Y es extraordinario.

Hay personas que tienen, por su condición, un don extraordinario. Son los Pavarotti, los Messi, los
Einstein o los Rembrand de sus respectivas áreas de actuación. Gente extraordinaria a niveles extraordinarios. Gente como mi madre. Capaz de educarnos a mi y a mi hermana sin mayor destrozo ni enmienda. Gente como mi mujer, Mari, capaz de soportarme en mi neuras, en mi ausencia y en mi presencia. Gente como mi amigo Piki, que cree aunque la realidad le obligue a descreer, o como Mariano, que se empeña, o como Carlos, que no duda.

Ese tipo de gente extraordinaria no abunda, no creáis; "Brindo por aquellos que sueñan, Locos, como quizá parezcan, Brindo por los corazones rotos, Brindo por el desastre que hacemos". El mundo en el que malvivimos se come a los soñadores. Los devora. Son escoria, gente que salta la valla sin permiso, que no medita, que vive y transita por impulsos de fe descontrolada. Gente peligrosa  esos soñadores. "Eliminadlos". Uno la emprende a soñar y luego respira hondo y descubre a sus 42 años, cargado de deudas, con mujer y un hijo, que ya no puede saltar la valla. Que, por mucho que uno se empeñe, soñar es ya delito. Y algo propio de imbéciles...
Y luego, ves "La La Land" ("Ciudad de las estrellas, brillas solo para mi?"). Y entiendes que tú no eres más que otro Ryan Gosling, enamorado sin medida de un sueño imposible y utópico. Si, las dos cosas. Y que solo te queda tocar tu piano en soledad y esperar a que ella, por error, vuelva a entrar en tu local para, una vez más, poder tocar esa canción. Esa que resume en minuto y medio nostalgia, amor, emoción y sueño. Solo otro embaucado por la soledad propia del soñador empedernido. Tu.

Soñar en tiempos de guerra es un don. Un don extraordinario. Apreciemos el don que nos rodea y demos gracias, si así fuese, por su existencia. Y luego, asumamos que ya nunca más saltaremos esa valla. Que soñar es de insensatos. Que "las vueltas dan mucha vida", como leía este día en un anuncio, y que ya toca descansar.

"Ella me dijo:
"Un poco de locura es la clave
Para ver nuevos colores.
¿Quién sabe a dónde nos llevará?
Es por eso que nos necesitan"